A los
pastores de Belén, los ángeles cantando, les anuncian la llegada del Mesías.
Hasta ahí lo extraordinario dentro de un orden. Pero las cosas se ponen cada
vez más difíciles. Porque el Mesías es natural que llegara lleno de esplendor y
resulta que era de noche; que llegara con fuerza y solemnidad y sin embargo,
era un niño; que llegara al templo de Jerusalén entre incienso y llegó a un
establo en el suburbio de Belén. En fin, un fuera de todo orden.
Estos
años atrás en la Navidad encontraba estas TRES SEÑALES DE PISTA PARA ENCONTRAR
EL MISTERIO DE BELÉN en las notas del Nuevo Testamento. Luego fue D. Braulio
este año, en el retiro de Adviento el que nos las volvió a recordar de la mano
de Benedicto XVI. Y he buscado en internet todo esto y he encontrado mucho: las
citas de los santos padres que las comentan: San Agustín, Teodoto de Ancira y
el Beato Elredo de Rievaulx y los comentarios de algún teólogo y biblista
actual.
1. Encontraréis a un niño. Es la primera señal. Es la señal de la humanidad. A través de la
humanidad de Dios, es decir, Jesús, nosotros podemos encontrar el rastro de
Dios, la huella de Dios, el olor de Dios. Más aún, la senda de Dios. La idea de
Dios que nos hacemos los humanos es muy lejana (o sea, ¡que ni idea!), de lo
que Dios es. Cuando estudiaba teología leía aquellas indagaciones de los filósofos
escolásticos o esencialistas, tan difíciles de entender que eran un verdadero trabalenguas
racional. Hoy de nuevo la ruptura con
todo aquello. Dios se hizo carne, y fuera de todo esplendor racionalista,
secreto y esotérico, Dios es Niño.
Pero
además, Dios es Niño Pobre. El bebé en un establo, porque no había sitio en el
albergue superpoblado del pueblo, es una imagen clara y siempre reciente de
Dios. Dios se hizo Pobre. Dicen los queridos antiguos padres que fue así porque
desde la pobreza acoge a todos. Porque la pobreza no establece fronteras. Ricos,
pobres y burgueses, todos se pueden acercar a él. Dicen que fue tan desnudo de
apariencias porque así, nadie puede interpretar de otro modo a Dios. Dios se
hizo pobre y eso significa que no hubo nada: tronos, riquezas, relámpagos o
sabiduría encriptada que pueda servir para que haya quien diga que Dios es de
otra manera.
Por
eso, la pobreza y la verdad se unen en alianza. Por eso han quedado unidas pobreza
y Salvación.
2. Envuelto en pañales. La búsqueda de esta señal ha sido una gozada. El vestido es
siempre señal de dignidad social y de estatus. Así que aquellos pañales debían
de manifestar la imagen de humanidad contundente de ese bebé desnudito recién
nacido. Encontré varias interpretaciones. Por una parte, que los pañales
preveían el sudario y sábana del sepulcro. María lo envolvió para el
nacimiento. Nicodemo lo envolvió para el sepulcro. Luego, otra interpretación
mistagógica muy hermosa: los pañales nos hablan de la apariencia humana, de la
carne humana del Señor. Al igual que el pan y el vino son la envoltura del
Cuerpo y Sangre de Cristo de la misma manera los pañales se nos presentan como
la envoltura de Dios hecho hombre. Los pañales aluden al invento de los sacramentos.
Pero
no, no me llenaban. Hasta que llegue a otros comentarios de un buen biblista,
A. Serrra, (www.mercaba.org) que decían
que los pañales eran la señal de las manos de María y José. Los pañales son el
signo de que hay una familia, vamos. Los pañales han sido tejidos, cosidos,
preparados por las manos de una madre a la expectativa. Los pañales son el
cuidado, la protección y el cariño de José y María que han dado su vida, su
fama, su destino, su fe y confianza a un Dios escondido por poco tiempo, que
hace maravillas. Los pañales son nuestras manos que acarician a Jesús; los
pañales son los villancicos de la Iglesia: panderos, zambombas, almireces,
botellas de cristal; los pañales son los labios que besan al leproso. Son la
ternura. Los pañales son la caricia calentita que nos rescata de la muerte.
3.- Le acostaron en un pesebre.
Y aquí he disfrutado mucho con estas lecturas.
Los autores coinciden en que el pesebre es el lugar donde está la comida y, por
eso, es signo. Muy pobre, rural y ganadero, pero así es. Dicen los padres antiguos
que el pesebre es donde comen los judíos y gentiles (todos comen comida de
animales hasta que el Cristo nos traiga el Pan). Reproducen una cita de Isaías,
pero Bendicto XVI en un libro de 1983: El
rostro de Dios nos dice lo siguiente:
Los
padres de la iglesia vieron en esas palabras una profecía que apuntaba al nuevo
pueblo de Dios, a la Iglesia de los judíos y de los cristianos. Ante Dios, eran
todos los hombres, tanto judíos como paganos, como bueyes y asnos, sin razón ni
conocimiento. Pero el Niño, en el pesebre, abrió sus ojos de manera que ahora
reconocen ya la voz de su dueño, la voz de su Señor.
El pesebre,
aún más, es signo de la Eucaristía. Porque la comida que allí hallamos es
Jesús. De tal modo que el nacimiento ilumina la Eucaristía: patena humilde del
Cuerpo del Señor que se queda con nosotros como alimento de vida eterna, que se
parte y se reparte. Eucaristía que es nuevo nacimiento del Señor.
¿Acaso
no hemos de abrir nuestras manos para que con permiso de la señora María y del
señor José las entremos en el pesebre, aupemos al Niño y nos lo comamos a
besos? ¿Acaso nuestras manos al contacto con Jesús no se convierten al instante
en Eucaristía limpia, Pan sabroso caliente y partido? ¿Acaso nuestros ojos no
se deshacen en lloros aumentando pobremente el caudal del vino nuevo, del Vino definitivo
del Reino?

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