martes, 24 de diciembre de 2013

294. TRES SEÑALES DE PISTA (Meditación de Navidad)


A los pastores de Belén, los ángeles cantando, les anuncian la llegada del Mesías. Hasta ahí lo extraordinario dentro de un orden. Pero las cosas se ponen cada vez más difíciles. Porque el Mesías es natural que llegara lleno de esplendor y resulta que era de noche; que llegara con fuerza y solemnidad y sin embargo, era un niño; que llegara al templo de Jerusalén entre incienso y llegó a un establo en el suburbio de Belén. En fin, un fuera de todo orden.

Estos años atrás en la Navidad encontraba estas TRES SEÑALES DE PISTA PARA ENCONTRAR EL MISTERIO DE BELÉN en las notas del Nuevo Testamento. Luego fue D. Braulio este año, en el retiro de Adviento el que nos las volvió a recordar de la mano de Benedicto XVI. Y he buscado en internet todo esto y he encontrado mucho: las citas de los santos padres que las comentan: San Agustín, Teodoto de Ancira y el Beato Elredo de Rievaulx y los comentarios de algún teólogo y biblista actual.

1. Encontraréis a un niño. Es la primera señal. Es la señal de la humanidad. A través de la humanidad de Dios, es decir, Jesús, nosotros podemos encontrar el rastro de Dios, la huella de Dios, el olor de Dios. Más aún, la senda de Dios. La idea de Dios que nos hacemos los humanos es muy lejana (o sea, ¡que ni idea!), de lo que Dios es. Cuando estudiaba teología leía aquellas indagaciones de los filósofos escolásticos o esencialistas, tan difíciles de entender que eran un verdadero trabalenguas racional.  Hoy de nuevo la ruptura con todo aquello. Dios se hizo carne, y fuera de todo esplendor racionalista, secreto y esotérico, Dios es Niño.
Pero además, Dios es Niño Pobre. El bebé en un establo, porque no había sitio en el albergue superpoblado del pueblo, es una imagen clara y siempre reciente de Dios. Dios se hizo Pobre. Dicen los queridos antiguos padres que fue así porque desde la pobreza acoge a todos. Porque la pobreza no establece fronteras. Ricos, pobres y burgueses, todos se pueden acercar a él. Dicen que fue tan desnudo de apariencias porque así, nadie puede interpretar de otro modo a Dios. Dios se hizo pobre y eso significa que no hubo nada: tronos, riquezas, relámpagos o sabiduría encriptada que pueda servir para que haya quien diga que Dios es de otra manera.

Por eso, la pobreza y la verdad se unen en alianza. Por eso han quedado unidas pobreza y Salvación.

2. Envuelto en pañales. La búsqueda de esta señal ha sido una gozada. El vestido es siempre señal de dignidad social y de estatus. Así que aquellos pañales debían de manifestar la imagen de humanidad contundente de ese bebé desnudito recién nacido. Encontré varias interpretaciones. Por una parte, que los pañales preveían el sudario y sábana del sepulcro. María lo envolvió para el nacimiento. Nicodemo lo envolvió para el sepulcro. Luego, otra interpretación mistagógica muy hermosa: los pañales nos hablan de la apariencia humana, de la carne humana del Señor. Al igual que el pan y el vino son la envoltura del Cuerpo y Sangre de Cristo de la misma manera los pañales se nos presentan como la envoltura de Dios hecho hombre. Los pañales aluden al invento de los sacramentos.  

Pero no, no me llenaban. Hasta que llegue a otros comentarios de un buen biblista, A. Serrra, (www.mercaba.org) que decían que los pañales eran la señal de las manos de María y José. Los pañales son el signo de que hay una familia, vamos. Los pañales han sido tejidos, cosidos, preparados por las manos de una madre a la expectativa. Los pañales son el cuidado, la protección y el cariño de José y María que han dado su vida, su fama, su destino, su fe y confianza a un Dios escondido por poco tiempo, que hace maravillas. Los pañales son nuestras manos que acarician a Jesús; los pañales son los villancicos de la Iglesia: panderos, zambombas, almireces, botellas de cristal; los pañales son los labios que besan al leproso. Son la ternura. Los pañales son la caricia calentita que nos rescata de la muerte.

3.- Le acostaron en un pesebre. Y aquí he disfrutado mucho con estas lecturas. Los autores coinciden en que el pesebre es el lugar donde está la comida y, por eso, es signo. Muy pobre, rural y ganadero, pero así es. Dicen los padres antiguos que el pesebre es donde comen los judíos y gentiles (todos comen comida de animales hasta que el Cristo nos traiga el Pan). Reproducen una cita de Isaías, pero Bendicto XVI en un libro de 1983: El rostro de Dios nos dice lo siguiente:

Los padres de la iglesia vieron en esas palabras una profecía que apuntaba al nuevo pueblo de Dios, a la Iglesia de los judíos y de los cristianos. Ante Dios, eran todos los hombres, tanto judíos como paganos, como bueyes y asnos, sin razón ni conocimiento. Pero el Niño, en el pesebre, abrió sus ojos de manera que ahora reconocen ya la voz de su dueño, la voz de su Señor.

El pesebre, aún más, es signo de la Eucaristía. Porque la comida que allí hallamos es Jesús. De tal modo que el nacimiento ilumina la Eucaristía: patena humilde del Cuerpo del Señor que se queda con nosotros como alimento de vida eterna, que se parte y se reparte. Eucaristía que es nuevo nacimiento del Señor.

¿Acaso no hemos de abrir nuestras manos para que con permiso de la señora María y del señor José las entremos en el pesebre, aupemos al Niño y nos lo comamos a besos? ¿Acaso nuestras manos al contacto con Jesús no se convierten al instante en Eucaristía limpia, Pan sabroso caliente y partido? ¿Acaso nuestros ojos no se deshacen en lloros aumentando pobremente el caudal del vino nuevo, del Vino definitivo del Reino?

Tengo para mí que estas señales, Niño, Pañales y Pesebre con una pedagogía escalonada que contiene una doctrina delicada y casi escondida que nos permite acercarnos al Misterio y dejar de ser en nosotros para ser en Jesús, en Dios.

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