La
primera vez que oí hablar de César F. fue en Tortosa. Estaba haciendo un curso
de espiritualidad entre los estudios de filosofía y teología en el primer
colegio que fundó el Beato Manuel Domingo y Sol. Era un curso para hacer discernimiento,
¿continuaríamos hacia el sacerdocio?
Uno de
los formadores, Marcos S., tocaba el piano, con la carrera acabada en el conservatorio
de Barcelona. En un descanso del estudio le oí tocar en la sala de clase y entré.
Estaban con él varios compañeros, me acerqué al piano y vi lo que tocaba: uno
de los estudios para piano de César F. Era una música distinta, la combinación
de melodía y ritmo era diferente, nueva para mí. Y no se me olvidó.
A lo
largo de los estudios de teología formamos un grupo de aficionados a la música para
seguir la historia de la música. Había una buenísima y completa discoteca y en
aquellos dos o tres años dimos un repaso completo a los principales autores,
todos geniales de la historia de la música. Allí volvió a aparecer César Franck.
Pero pasó desapercibido.
Después
llegó el encuentro más intenso, una pareja de amigos estudiantes en ese entonces,
yo era cura joven, me invitaron a escuchar juntos la sonata para violín y piano
de César Franck. Pasamos la tarde en el salón familiar de uno de Paco. Luego salimos
a pasear por la niebla de Salamanca bien abrigados. Ya nunca la olvidé. Me
conmovió profundamente desde la melancolía al afecto, a la irritación a la
alegría, a la calma, pero muy al fondo. Fué la culminación de lo que sentí con
aquel breve estudio en Tortosa.
Hace
unos días la radio clásica celebró su aniversario, nació el 10 de diciembre de
1822. Busqué una biografía suya.
Vivió
68 años, era robusto, muy inteligente, con la mirada muy calmada y le dio
un nuevo impulso al órgano hasta el día
de hoy.
Tuvo
tres etapas bien diferenciadas. Los veinte primeros años, fueron de mucho
sufrimiento. Su padre un hombre avariento y abusón lo tuvo dando conciertos
desde muy niño y comerciando con su arte. Pero César se plantó y a los 24 años se
casó enamorado sin el consentimiento de su padre.
Los veinte
años siguientes fueron de penuria. En la rutina burguesa de un profesor particular
no pudo mostrar el arte que llevaba. Seguramente se iba madurando, cocinando,
en aquellas mañanas y pobres de París.
Era un
hombre muy religioso y el párroco de san Juan y san Francisco de Marais le dio
el puesto de organista de la iglesia en un excelente órgano que después encontró
también en santa Clotilde. Allí comenzó a vivir una nueva vida. A los tres años
pasó a la iglesia de santa Clotilde en París como organista hasta su muerte.

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