Estas
letras de la semana son mi homenaje particular a Nelson Mandela que quiero
compartir con vosotros.
En la
segunda mitad del siglo XX aparecen en la escena del mundo las guerrillas. No
son invento de esos años, pero en unos y otros sitios adquieren tanta
importancia que son conmovedores sus afanes y repudiables sus crímenes.
Y eso
es así porque los sistemas políticos no dan más de sí. La caída del comunismo y
del socialismo dictatorial marcan una etapa, ¿qué hacer frente a tantas
injusticias del sistema?
En África,
en América, en Asia y en Europa grupos de hombres y mujeres idealistas se dejan
llevar por la lógica de las armas que desembocan en el crimen y la destrucción.
Mandela
no lo tenía más fácil que otros, sino al contrario. Una minoría dirigiendo el
país para sus propios intereses frente a una mayoría pobre y negra. Se rebela.
Agita los grupos. La fuerza del poder lo encarcela de por vida. Mandela sigue
luchando y crea su propia guerrilla.
Fueron
27 años de iniciación.
La presión
internacional hace que el gobierno de Pretoria lo saque de la cárcel y todos acepten
el reto de las elecciones democráticas.
Aquí
Mandela se hace grande a diferencia de algunos líderes guerrilleros que no aceptaron
la mediación de las mayorías democráticas. Da un vuelco a su camino y se
desentiende de la violencia como modo perverso de actuación política.
No sólo
había logrado la liberación oprimida de su pueblo sino que la había conducido a
la concordia con los adversarios.
Pero
además desde la honestidad de vida. Nunca buscó enriquecerse a costa de su
puesto político y así lo pidió a sus familiares y a su propio partido, aunque
no le han seguido en lo más difícil, la
honestidad como medio de actuación política.
Gandhi
y Mandela pueden colocarse a la par. Ambos aceptaron el reto de las mayorías
democráticas y de la no violencia.

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