domingo, 17 de noviembre de 2013

290. TRAICIONES

Me refiero al sacerdote. Y han coincidido dos mensajes que me han hecho pensar en este asunto.
Por una parte, la intención general del Papa para este mes: Para que los sacerdotes que experimentan dificultades sean confortados en sus sufrimientos, sostenidos en sus dudas y confirmados en su fidelidad.
Por otra, la lectura del Evangelio de este domingo. Allí dice Jesús: Vuestras familias, vuestros amigos os traicionarán.
Claro está que el contexto es el de las persecuciones de los cristianos que han dado y darán testimonio ante todos en las dificultades.

La traición es esa conducta que rompe la confianza entre los que se fían mutuamente. No hay traición si no hay confianza previa. Y a una confianza de intimidad mayor, más hiere la traición.

Surge la traición y sentimos la herida ardiente y amarga de quien no podíamos suponer que nos vendiera, que aquello que hemos manifestado ha sido puesto a la vista de todos. Que aquello que comunicamos en el hogar caliente de la amistad, está derramado en medio de la plaza fría.

La traición nos incita a la desconfianza en una cadena que parece no se puede romper. Desconfío de aquella persona, pero aún más desconfío de mí mismo y me siento culpable (¿Por qué tuve que comunicarle esto o lo otro?) Y desconfío de los demás genéricamente. A veces la traición provoca la enfermedad.

El asunto está en que no hay más remedio que pasar por la traición. Estamos hechos para la relación y nuestra relación de amistad e intimidad queda sujeta a la libertad del otro, a mi propia libertad y en ella está siempre la puerta de la traición.

Muchas veces en el ámbito de la catequesis los adolescentes han hablado de cómo les duele la traición de un amigo o de una amiga. Es, quizá, la primera experiencia de dolor personal que tienen nuestros jóvenes. Luego vendrán más. Los adultos pensamos que ellos confían demasiado unos en otros, pero no es así. Confían como confiamos los mayorcetes.

Hay quien ha experimentado las traición y se ha encerrado de por vida en sí mismo. Otros más, se han vuelto cínicos: aparentan que confían en los demás, pero no, no se confían y tienden a traicionar como respuesta a lo que a uno le hicieron.

Para un cristiano su intimidad tiene que ver con la fe. Porque hay traición a causa de la fe como dice el Evangelio de hoy. Y en ese momento... en ese momento no queda sino mirar a Jesús.

Resulta que la traición a Jesús tuvo como consecuencia la muerte. Resulta que Jesús lo sabía y dio a Judas aquel bocado de pan, signo de una relación íntima, familiar. Resulta que no se llenó de odio ante aquel apóstol. Todo un rosario de misericordia.

Sólo un corazón grande puede llevar la traición y sin embargo, no romper nada; y sin embargo, no traicionar a otros; y sin embargo, no encerrase en el castillo del resentimiento, aun a sabiendas que pasará más veces. Pero nadie piense que una traición no duele. Un corazón grande tiene más horizontes pero la traición de un amigo, de un familiar, también resuena más extensamente en todas las fibras del ser, en todo la extensión de su experiencia.

No hay comentarios: