Dos fueron los viajes y
muchos kilómetros.
Primero en Cebolla,
parroquia de san Cipriano. Los compañeros sacerdotes del aquel arciprestazgo,
La Pueblanueva, y Matías su párroco organizaron un encuentro de catequistas a
final de curso y me invitaron a hablarles y compartir con ellos la Eucaristía ¡fenomenal!
Del trabajo de grupos os cuento algunas frases. La pregunta que les hice fue ésta:
¿Que te aporta el ser catequista a tu ser cristiano/a?
- Me ayuda a tener paz y otro sentido de la
vida.
- Satisfacciones y compromiso en mi vida por
los chavales.
- Hace crecer y aumentar mi amor a Cristo.
¿Qué os parece? Quizá
habría que recomendar a algunos cristianos y cristianas indiferentes este tipo
de medicina para fortalecer su vida cristiana.
Esa noche, la del domingo,
fui a dormir a casa de Ovidio y Guadalupe con sus hijos y nietos. Como siempre
un borbollón de cariño, de respeto, de ánimos para seguir adelante.
Y luego, el gran viaje. Fui
a ver a un compañero sacerdote al que quería invitar a participar en el Consejo
de la Delegación de Catequesis. Está de párroco en un pueblo de la provincia de
Badajoz, Casas de D. Pedro, rodeado de grandes embalses: al norte la presa del
Cijara, precioso en sus orillas. Hacia el noroeste, el de García Sola. Recorrí
sus orillas pasando por un pueblo que ha hecho una playa en él: Peloche. Al
este el gran pantano de La Serena y al sur el más grande de todos, el pantano
de Orellana. Me llevó al castillo de La Puebla de Alcocer. Desde allí un alto
en medio de la llanura inundada, se divisa este panorama impresionante. José el
compañero me decía, la gente no conoce las maravillas de Extremadura, y es
verdad.
Volví un poco cansado por
otro camino, hacia Ciudad Real: Herrera del Duque, Puebla de D. Rodrigo, Luciana,
Piedrabuena, Porzuna, Pueblonuevo del Bullaque, Ventas con Peña Aguilera, Cuerva
y Pulgar.
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