domingo, 26 de mayo de 2013

275. EL HOMBRE DE LOS PÁJAROS



Hace unos días estuve en Madrid. Fui al Retiro. Era un día fresco, brisa del norte. Primero, fui a ver un granado que lo tengo por amigo. Todo se debe al granado que está en el patio de la casa parroquial, aquí en Pulgar. Está hermosísimo con las podas que le ha hecho estos años el amigo Julián, jubilado y jardinero de profesión. El del Retiro es frondoso, también se ve bien podado. Es un poco más joven que éste. Pero de la comparación de ambos he aprendido muchas cosas. Os diré que el de Pulgar ya tiene flores.

Luego busqué un sitio para recogerme, tenía como media hora para descansar y casi, casi tenía sueño.

Vi una placeta cerca de donde estaba y fui hacia allá. Estaba rodeada de bancos y sólo estaban ocupados dos de ellos.

Se ve que es una placita dedicada a Galicia. En el centro, en un alto de pizarra roja una crucero sencillo. Delante del mismo un estrado de cemento, simulando la vieira del peregrino.

Toda la glorieta rodeada de castaños de jardín en flor (con el viento no se apreciaba el aroma) y en el medio unos entallados olmos, muy, muy altos.

Cerraba los ojos y me dejaba llevar por lo que veía.

Dos o tres bancos más adelante a mi derecha una pareja de mediana edad (sobre los cuarenta), hablaba alto, discutían. Habían llegado a aquello de: Sí, porque lo digo yo. Y: No, porque no tienes razón. Luego se apaciguaron. Volvieron a hablar sin que nadie alrededor supiéramos qué hablaban. LA MARAVILLA DE LA COMUNICACIÓN HUMANA.

Pero, enfrente... enfrente, un señor que ya estaba cuando llegué y continuó al marcharme de allí. 

¿Cuántas palomas y tórtolas habría? ¡Una bandada de gorriones de no menos de veinte o veinticinco pájaros! Las grajillas cada una por su cuenta, pero muchas. El señor llevaba la bolsa de la comida en el brazo izquierdo y con la mano derecha sacaba la comida, desde lejos, unos treinta metros, me parecían granos.

Tenía la habilidad de poner entre los dedos las semillas para que los gorriones volaran hasta allí. La mayoría comía mientras volaba, Algunos se posaban en la mano y desde allí comían lo que les dejaban.

Al rato, una ardilla bajó de los cielos verdes del olmo grandote. También se acercó. Pero el señor que ya conocía al animal, se agachaba para darle de comer. Comió muy poco y se marchó dando saltos con la cola por bandera.

Unos cachorros encontraron diversión. Ellos y las palomas se ve que se conocían porque ellos pasaban llamando la atención ¡Guau, guau!, y corriendo alrededor del SEÑOR DE LOS PÁJAROS. Se formaba un revuelo espectacular que tan pronto como sucedía, volvía a la calma saltarina de las aves mientras comen.

Mi querida gente. Es la contemplación de la vida. Es la contemplación de la fuerza vital que todo lo llena. Crucé los brazos y me recosté un poco más y comencé a rezar: TE DEUM LAUDAMOS, TE DOMINUM CONFITEMUR,...

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