Hace unos días estuve en
Madrid. Fui al Retiro. Era un día fresco, brisa del norte. Primero, fui a ver un granado que lo
tengo por amigo. Todo se debe al granado que está en el patio de la casa parroquial, aquí en Pulgar. Está hermosísimo con las podas que le ha hecho estos años el amigo
Julián, jubilado y jardinero de profesión. El del Retiro es frondoso, también se ve bien podado. Es un poco más joven
que éste. Pero de la comparación de ambos he aprendido muchas cosas. Os diré
que el de Pulgar ya tiene flores.
Luego busqué un sitio
para recogerme, tenía como media hora para descansar y casi, casi tenía sueño.
Vi una placeta cerca de
donde estaba y fui hacia allá. Estaba rodeada de bancos y sólo estaban ocupados
dos de ellos.
Se ve que es una placita
dedicada a Galicia. En el centro, en un alto de pizarra roja una crucero
sencillo. Delante del mismo un estrado de cemento, simulando la vieira del
peregrino.
Toda la glorieta rodeada
de castaños de jardín en flor (con el viento no se apreciaba el aroma) y en el
medio unos entallados olmos, muy, muy altos.
Cerraba los ojos y me
dejaba llevar por lo que veía.
Dos o tres bancos más
adelante a mi derecha una pareja de mediana edad (sobre los cuarenta), hablaba
alto, discutían. Habían llegado a aquello de: Sí, porque lo digo yo. Y: No,
porque no tienes razón. Luego se apaciguaron. Volvieron a hablar sin que
nadie alrededor supiéramos qué hablaban. LA MARAVILLA DE LA COMUNICACIÓN HUMANA.
Pero, enfrente...
enfrente, un señor que ya estaba cuando llegué y continuó al marcharme de allí.
¿Cuántas palomas y tórtolas habría? ¡Una bandada de gorriones de no menos de
veinte o veinticinco pájaros! Las grajillas cada una por su cuenta, pero muchas.
El señor llevaba la bolsa de la comida en el brazo izquierdo y con la mano
derecha sacaba la comida, desde lejos, unos treinta metros, me parecían granos.
Tenía la habilidad de
poner entre los dedos las semillas para que los gorriones volaran hasta allí.
La mayoría comía mientras volaba, Algunos se posaban en la mano y desde allí
comían lo que les dejaban.
Al rato, una ardilla bajó
de los cielos verdes del olmo grandote. También se acercó. Pero el señor que ya
conocía al animal, se agachaba para darle de comer. Comió muy poco y se marchó
dando saltos con la cola por bandera.
Unos cachorros
encontraron diversión. Ellos y las palomas se ve que se conocían porque ellos
pasaban llamando la atención ¡Guau, guau!, y corriendo alrededor del SEÑOR DE
LOS PÁJAROS. Se formaba un revuelo espectacular que tan pronto como sucedía,
volvía a la calma saltarina de las aves mientras comen.

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