miércoles, 26 de octubre de 2011

211. MANERAS DE SER



Hace unos días fui a Madrid. Hacía un día de sol brillante y calor. En la autovía, muy cargada, nos adelantaban algunos coches. Varios de ellos de color amarillo intenso. No de un blanco con gotas de amarillo (amarillo pollito dicen en Venezuela).

Los conductores de los coches amarillos eran gente joven. Recuerdo que hace tiempo conocí a varios conductores de coches amarillos: Seat Ibiza, algún Coupé. Eran jóvenes y además trabajaban en talleres mecánicos. Y ya sabemos que el amarillo brillante es un color de los que mejor se ven. El amarillo, así en general es para vanidosos. En fin. De todas maneras para quienes llevamos un coche gris vienen muy bien los colores.

Llegué temprano a la capital y tuve la oportunidad de tomarme un buen café con leche y unos churros en san Ginés. A mi izquierda dos parejas, ya mayores. Hablaban todos a la vez y con la boca llena, bajaban la voz para los chismes más chismes, y atacaban a los churros con unos mordiscos de los que sólo son capaces los muchachos de quince años.

Casi enfrente a la derecha un señor, bastante grueso, hablaba por esa especie de telefonillo colgado en la oreja que no te deja perder ni una palabra de la conversación. Daban ganas de preguntarle qué le había dicho su interlocutora. Él sólo tomaba un churrito, solitario en el plato blanco, sin chocolate ni café. En fin.

Frente a mí llegaron tres japoneses jóvenes (o chinos), dos mujeres y un muchacho, tomaron chocolate con churros. Mojaban los churros con cuidado en el chocolate, sólo la punta. Luego, mordían, masticaban casi sin mover las mandíbulas y se miraban complacidos. Aparte el hecho de que pudieran comer despacio por aquello de probar algo desconocido o por causa del chocolate hirviendo... ¡Mire usté! es que son de otra manera. Ni hablan con la boca llena ni tienen que exponer sus sentimientos a base de arpegios y gorgoritos, ni menos, a base de cambios de color en las mejillas.

Lo dicho, otra manera de ser.

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