
Mis vacaciones consisten en estar solo, pasear por los senderos de la montaña, revisar la vida y rezar. Claro que todo esto aliñado con buen dormir y buen comer, sin prisas ni horarios.
El año pasado subí al collado de los Horcados Rojos en los Picos de Europa. Una marcha fuertecilla, cuatro horas y media ida y vuelta, con un par de subidas a base de piedra que ya, ya.
Naturalmente hay que entrenarse para ir a la montaña. Más en mi caso que soy sedentario por inercia. Este año, el primer día caminé una hora, vine sudando como un pollo. El segundo día subí a la montaña y caminé un par de horas con un trayecto más bien pesado. El tercer día fue éste de los Horcados Rojos cuatro horas y media. Y la cuarta subida seis horas (esto es una historia que les contaré otro día).
Pero este año me compré unas botas de explorador (treking) que me ayudaron mucho. Subí y bajé a gusto. El lugar es un balcón magnífico. Desde allí se divisa con claridad el Pico Urriellu (Naranjo de Bulnes). Parece que esté ahí mismo, para rozarlo con las manos. Allí se sacan fotos los aprendices o quizá simuladores de montañeros. Yo también, ¡ojo!
Pero esta historia comienza cuando aparece la pequeña panda de grajas, cinco en total. Por lo que he estado viendo en internet (os recomiendo esta web www.enciclopediadelasaves.es) había dos adultos y tres jóvenes. El caso es que estaban tan organizados jerárquicamente que ni los acólitos de la catedral primada.
La graja mayor llevaba en la pata izquierda la matricula: V6L, que mostraba con orgullo. Los demás no llevaban matrícula. Ésta no permitía a sus compañeros acercarse a los caminantes que disfrutaban del bocadillo. Era tan hábil que las migas de pan que les dábamos las agarraba en el aire sin más. Las migas grandes las agarraba con cualquiera de las patas (ambidextro el animal) y las desgarraba con unos picotazos que ponían carne de gallina en quien al verlo se imaginaba que entre las uñas del pájaro estaba su dedo índice.
Las compañeras grajas se colocaban escalonadamente. Así que el último animalejo era el más desnutrido.
Me puse a pensar cuando regresaba en el tema de la igualdad. Naturalmente el ser humano vive jerarquizado, pero tiene su corrección en la igualdad de ser personas, ¿o no?
Cuando una persona tiene alguna discapacidad no tiene que temer por su vida, ¿o sí?
Cuando los pueblos del tercer mundo latinoamericano, africano o asiático tienen menos oportunidades, como las grajas del final de la fila, no deben temer por su sobrevivencia, ¿o sí?
Hay gente naturalista que dice que el modelo social, reproductivo o vital, hemos de copiarlo de los animales… ¡Animalicos, ellos!
Por cierto que cuando comía el bocadillo pensé en hacerles unas fotos al terminar. Pero no. Cuando saqué la manzana, la debieron oler, se marcharon a otro sitio con viento fresco.
El año pasado subí al collado de los Horcados Rojos en los Picos de Europa. Una marcha fuertecilla, cuatro horas y media ida y vuelta, con un par de subidas a base de piedra que ya, ya.
Naturalmente hay que entrenarse para ir a la montaña. Más en mi caso que soy sedentario por inercia. Este año, el primer día caminé una hora, vine sudando como un pollo. El segundo día subí a la montaña y caminé un par de horas con un trayecto más bien pesado. El tercer día fue éste de los Horcados Rojos cuatro horas y media. Y la cuarta subida seis horas (esto es una historia que les contaré otro día).
Pero este año me compré unas botas de explorador (treking) que me ayudaron mucho. Subí y bajé a gusto. El lugar es un balcón magnífico. Desde allí se divisa con claridad el Pico Urriellu (Naranjo de Bulnes). Parece que esté ahí mismo, para rozarlo con las manos. Allí se sacan fotos los aprendices o quizá simuladores de montañeros. Yo también, ¡ojo!
Pero esta historia comienza cuando aparece la pequeña panda de grajas, cinco en total. Por lo que he estado viendo en internet (os recomiendo esta web www.enciclopediadelasaves.es) había dos adultos y tres jóvenes. El caso es que estaban tan organizados jerárquicamente que ni los acólitos de la catedral primada.
La graja mayor llevaba en la pata izquierda la matricula: V6L, que mostraba con orgullo. Los demás no llevaban matrícula. Ésta no permitía a sus compañeros acercarse a los caminantes que disfrutaban del bocadillo. Era tan hábil que las migas de pan que les dábamos las agarraba en el aire sin más. Las migas grandes las agarraba con cualquiera de las patas (ambidextro el animal) y las desgarraba con unos picotazos que ponían carne de gallina en quien al verlo se imaginaba que entre las uñas del pájaro estaba su dedo índice.
Las compañeras grajas se colocaban escalonadamente. Así que el último animalejo era el más desnutrido.
Me puse a pensar cuando regresaba en el tema de la igualdad. Naturalmente el ser humano vive jerarquizado, pero tiene su corrección en la igualdad de ser personas, ¿o no?
Cuando una persona tiene alguna discapacidad no tiene que temer por su vida, ¿o sí?
Cuando los pueblos del tercer mundo latinoamericano, africano o asiático tienen menos oportunidades, como las grajas del final de la fila, no deben temer por su sobrevivencia, ¿o sí?
Hay gente naturalista que dice que el modelo social, reproductivo o vital, hemos de copiarlo de los animales… ¡Animalicos, ellos!
Por cierto que cuando comía el bocadillo pensé en hacerles unas fotos al terminar. Pero no. Cuando saqué la manzana, la debieron oler, se marcharon a otro sitio con viento fresco.
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