
Hace unos días metí un buen montón de ropa en una bolsa y fui a una casa de costura, que me habían indicado, para reparar vestidos.
Me llamó la atención que la entrada estuviera tan bien dispuesta: una mesita y dos sillones para esperar y un pequeño mostrador de cristal en el que se veía un cesto, bastante grande de mimbre lleno de ovillos, carretes y canutejos con muchos hilos de diverso grosor y más bien deslucidos, como si fueran antiguos.
Al fondo se veía el taller detrás de una cortina recogida: tres señoras hablando y con la radio puesta y cosiendo. Tenían en una mesa un montón tan grande de ropa que no cabía más (Por cierto, ¿será verdad que las gentes de por aquí ya no tiran tanta ropa?).
Le mostré la ropa: cinco camisas a las que había que volver el cuello. Unos pantalones para ajustarlos a mi altura y una dichosa camiseta que salió descosida de la lavadora.
La costurera después de saludarnos se puso a mirar la ropa e hizo un comentario: Es curioso, hay personas que el cuello de la camisa se les gasta en la barba, a otros detrás y a otros a los lados,… Sí, le dije, es que el ser humano es así: todos iguales y todos diferentes. Usted tendrá experiencia de eso siendo costurera: seguro que no hay dos mangas iguales.
Ella me dijo que su padre le había contado un cuento sobre esto. Y me lo contó.
Había una vez un rey que tenía una hija preciosa a quien quería casar bien. Para ello convocó a los posibles pretendientes, pero tenían que presentar algo único que nadie tuviera en el mundo.
Se presentó uno con un yate precioso. Pero el rey pensó que se podría fabricar otro igual, así que no lo aceptó. Otro se presentó con una casa en la sierra con firma de autor. Pero fue desechado por la misma razón. Otro se presentó con un ferrari, hecho expresamente para él con todo lujo. Pero fue desechado lo mismo. Y así unos cuantos que no salían de su asombro porque según ellos cumplían la condición para elegir pretendiente.
Al cabo del tiempo se presentó otro nuevo pretendiente. Llamaba la atención porque no llevaba nada con él. Se presentó al rey y éste le preguntó qué era lo que presentaba de único en el mundo. Aquel hombre joven le dijo al rey: Yo mismo. Soy único en el mundo.
El rey tuvo que admitir que era irrepetible y le dio la mano de su hija.
Y es que el ser humano vive en medio de contradicciones que ponen a prueba su razón. Todos somos iguales y, a la vez, todos somos distintos. Lo que nos hace diferentes nos son las cosas, es nuestro mismo ser.
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