domingo, 29 de agosto de 2010

159. EL CAFÉ DE LAS ONCE


Es espacioso, la puerta está en el chaflán y da a dos calles. Con ventanas en ambas fachadas. Sin embargo, es un bar oscuro. No sé por qué.

Cuando voy al super del barrio me tomo allí un café. La verdad es que me siento atraído por una razón, quienes sirven en la barra siempre, siempre, me reciben con una sonrisa.

Normalmente hay una muchacha joven, delgada, vivaracha, muy ágil y eficiente. Otras veces hay un muchacho, con anillo de casado en el dedo, fuerte y amable. Hoy estaba una muchacha mucho más joven, más bien gordita, muy bien arreglada que discutía impenitente con uno de los bebedores.

El local huele a humo, alguna vez a marihuana. También a anís. La barra larga y con taburetes está oscura también.

Siempre hay cuatro o cinco bebedores (¡tan de mañana!). Hombres de mediana edad aunque las arrugas de la cara no delatan la edad sino su costumbre de beber. Todos ellos tienen un paquete de tabaco rubio y el mechero a su derecha y fuman continuamente. Los que se colocan cerca de los lavabos, beben cerveza. Otros, cubalibre y hay siempre un par de amigos que tienen delante su copa de coñac o bien de blanco y negro (coñac y anís a partes iguales).

Son hombres solitarios, no los he visto beber juntos. La cabeza casi recostada en los brazos, la mirada brillante, el aspecto desaliñado y oscuro.

No sé. Igual necesito verme con mis hermanos que andan metidos en la adicción para sentirme bien (un poco masoquista me parece) o, quizá, verme en el espejo oscuro de los seres humanos que viven encadenados y aprender a vivir.

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