
Este comentario viene a cuento de una breve conversación que tuve con Alejandro. Tiene dos años y medio y viene con la abuela a misa los domingos. Hace dos domingos se presentó en la iglesia con una bicicleta nueva y llena de colores. La aparcó dentro.
Me acerqué a él y le dije si esa bicicleta era suya. Me dijo con su media lengua: Sí la he aparcado porque si no me la quitan. Después le pregunté: ¿Me la dejas? Y él me respondió: No, que la aplastas.
Natural. Respondió con lógica. Dijo lo que pensaba sin darle vueltas. Dijo que no a un adulto sin camuflajes. Dijo lo que sentía: no quería quedarse sin bicicleta.
Hace años en Venezuela estaba en casa de unos amigos. Era domingo por la tarde y nos juntábamos bastantes veces para tomar una cerveza y conversar. Algunos se tomaban más de una cerveza. En una de esas reuniones apareció Tony, más o menos de la edad de Alejandro (que entraba y salía del salón), se puso en medio del grupo y se quedó mirando al papá. Le prestamos atención porque era evidente que algo importante tenía que decir. Con su vocecita y señalando a uno de los presentes dijo: Papá, ese señor ha bebido ya tres vasos. No sabía contar pero al parecer tres era demasiado para él, aunque seguramente aquel amigo había vaciado cuatro o cinco botellas de cerveza. La verdad es que le dio vergüenza y aquel amigo se puso colorado, ante lo cual salimos en su ayuda disculpándole.
Dice el maestro Carl Rogers que una de las actitudes básicas para convertirnos en personas es la autenticidad o congruencia. O sea, ser-lo-que-uno-es sin máscaras. O en términos de relación, manifestar lo que pensamos y sentimos sin disimulos en el acto de comunicar.
Mis amigos pequeños, os he hablado de Alejandro y Jorge, son congruentes. Son un modelo para todos nosotros que nos hemos habituado a decir mentiras piadosas. Una pena porque en la medida que no somos auténticos nos volvemos objetos, dejamos de ser personas, y eso hace que nos sintamos solos y angustiados.
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