
El fin de semana he estado durmiendo peor, con el sueño ligero. Tenía bastantes actividades extras. Y en la noche del viernes al sábado, me desperté. Escuché un canto de pájaro que no reconocía. Era como un silbido en tono un poco áspero. No era la tórtola que no canta hasta que amanece, menos aún los gorriones. Quizá pudiera ser un mochuelo. O a lo mejor un cuco, aunque por aquí no se ven. En fin. Miré la hora y eran las tres y media.
Cuando por la mañana miré por la ventana se aclaró todo. Habían llegado las golondrinas. Me alegre de que estos animalitos fueran tan fieles a la hora de la primavera.
Son verdaderos acróbatas en el aire y le dan al ambiente un toque juvenil y dinámico. Se muestran cerca de la gente y vuelan muy a ras del suelo. Todos los años cuando abrimos las puertas de la iglesia se cuelan varias veces.
Cuando salí al patio las vi en el cable de la luz de la calle, así que me armé de la cámara de fotos y se dejaron retratar, ¡qué maravilla!
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