
Esta semana saltó a los medios de comunicación social la noticia de un sacerdote joven, párroco de dos pueblecitos, que había robado dinero de la parroquia y se ofrecía sexualmente por internet a posibles compradores.
Me ha golpeado la noticia. Conozco casos de sacerdotes que pasan por la difícil enfermedad de las adicciones. Es una esclavitud tremenda: el alcohol, las drogas, el poder, el dinero, las medicinas, los afectos, el juego, el sexo,…
Hay muchas personas así, también sacerdotes. Creo que todo se origina en una profunda soledad de la persona a la vez que en un profundo convencimiento, o quizá no sepa hacer otra cosa, de que ese problema lo puede uno superar y manejar.
Claro está que no es así. Pedir ayuda es esencial, sin miedo al otro. Es reconocer que uno no puede solucionar la situación que vive. Esto que es de sentido común, sin embargo muchas personas, también sacerdotes, lo viven al revés.
La apertura del corazón en la oración, la apertura de la mente al terapeuta y la apertura de las relaciones al grupo son las mejores medicinas, aunque a veces tiene que intervenir el médico con diversos tratamientos químicos.
En este AÑO SACERDOTAL es bueno que conozcamos que hay sacerdotes que necesitan ayuda. Sobre todo, hay que pedir al Señor que nunca nos creamos tan autosuficientes que nos pasemos la vida disimulando nuestros problemas de dentro y creyendo que así lo estamos solucionando, sufriendo mucho y haciendo daño a los demás.
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