lunes, 22 de febrero de 2010

134. NATI Y VALERIO


¡Es verdad! El sacerdote se santifica en el ejercicio del ministerio pastoral, en la caridad pastoral.

Desde que llegué a Gamonal he visitado a Nati. Le llevaba la Comunión del Señor. Rezábamos juntos y charlábamos un rato.

Valerio es uno de sus hijos, soltero y con muchos problemas de pulmón y corazón. Muchas noches se tenía que levantar porque se ahogaba. Los días claros eran un festín para Valerio, los días húmedos y demasiado calurosos o muy fríos eran un suplicio.

Valerio cuidaba de su madre y Nati, sobre todo, le cuidaba a él.

Nati murió el sábado a los 89 años. Y este es un pequeño homenaje a una de esas mujeres creyentes, trabajadoras, valientes y muy madres.

Casada con Fidel a quien despidió hace cinco años con cariño y dolor, tuvo siete hijos: tres hijos y cuatro hijas. Todas las hijas emigraron. Viven en la zona de Barcelona y allí han hecho su casa, familia y posteridad.

Ella me enseñó a ver todo lo que existe desde la inmovilidad. Tenía artrosis en sus manos, caderas, rodillas y pies. Siempre la vi sentada en un pequeño sillón que le iba bien en la mesa del brasero. Cuando llegaba la preguntaba qué tal estaba y me decía siempre con una sonrisa trasparente y feliz: Ya lo ve usted, Pues, bien.

Era una familia pobre y en la medida de lo posible sus hijos le tenían la casa limpia y bien arreglada. Hace casi dos años decidieron que pasaran madre e hijo a la residencia de El Casar.

Lo que más me maravillaba era lo despierta que siempre estaba. Conocía a toda su familia y a estas alturas con seis hijos casados y muchos de sus nietos también y con hijos, era un buen grupo para recordar.

Me gustaba preguntarle por ellos y ella me iba contando poco a poco. Tenía las fotos de todos ellos en las paredes del comedor donde estaba y además iba sumando las que llegaban, las bodas, bautizos, primeras comuniones,…

Era todo un mundo que se desarrollaba entre Gamonal, Talavera y Barcelona que ella conocía y en el que intervenía con sus recuerdos y su cariño En verano veían sus hijas y la mimaban.

Cuando comulgaba decía siempre una oración que aprendió cuando hizo la primera comunión: una parte antes de recibir al Señor y otra parte después de recibirlo.

Nunca se olvidaba de darme las gracias.

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