Estuvimos de peregrinación el fin de semana de la Virgen del Pilar, ¡muy bien en el ambiente hogareño de aquel santuario! Pero os contaré algunas pequeñas cosas.
Andreas
El domingo por la tarde a las seis y media es la misa de peregrinos en la basílica, en portugués, claro. Mis gentes no entendieron aquello. Estábamos en la sacristía para empezar y llegamos los sacerdotes. El que iba a presidir, ya mayor, tuvo el acierto de presentarnos a los que íbamos a compartir la eucaristía como celebrantes. Había un sacerdote joven alejado del grupo, lo presentó: ¡Éste sacerdote viene de Letonia! Nos saludamos todos.
Luego me acerqué a él y en el penoso chapurreo del inglés nos saludamos. Venía de Riga, la capital, con un pequeño grupo en una camioneta. Habían atravesado Europa. Tres días para llegar a Fátima, un par de días para celebrar el aniversario del 13 de octubre y vuelta a Riga. ¡La fe mueve montañas!
Lágrimas en la comunión
Estaba llena la Iglesia, lo mismo ocurrió en la comunión. Junto a otro compañero me puse en el pasillo central. Venía una señora con una pequeña en brazos, la pequeña lloraba, gritaba y se retorcía.
Cuando llegó a recibir la comunión le dije a la pequeña: ¿Qué te pasa mi’jita? Los ojitos parecían una cucharita con agua a desbordar. Me miró a los ojos. Le acaricié la mejilla y se calló, se quedó tranquila. Le día la comunión a la mamá.
Samuel
Nació en Mongolia hace cuatro años pero es español del todo. Sus papás así lo han querido. Vino a Fátima era el peregrino más joven. La abuela mayor tenía 82 años, y entre los cuatro de Samuel y los 82 de Pilar pongan 88 personas más.
Tuve un rato para celebrar el Perdón con los niños, nueve en total. Samuel dijo que él se quería confesar también. Vino como los demás y me dijo las cosas que había hecho mal ¡Qué maravilla! ¡Que claridad tiene este Samuel para distinguir el mal del bien! Me hizo pensar, porque según vamos siendo mayores nos dejamos ir de la rutina y llega un momento en que nos da igual ajos que melones.
La inocencia consiste en tener total claridad entre el bien y el mal, como Jesús.
Andreas
El domingo por la tarde a las seis y media es la misa de peregrinos en la basílica, en portugués, claro. Mis gentes no entendieron aquello. Estábamos en la sacristía para empezar y llegamos los sacerdotes. El que iba a presidir, ya mayor, tuvo el acierto de presentarnos a los que íbamos a compartir la eucaristía como celebrantes. Había un sacerdote joven alejado del grupo, lo presentó: ¡Éste sacerdote viene de Letonia! Nos saludamos todos.
Luego me acerqué a él y en el penoso chapurreo del inglés nos saludamos. Venía de Riga, la capital, con un pequeño grupo en una camioneta. Habían atravesado Europa. Tres días para llegar a Fátima, un par de días para celebrar el aniversario del 13 de octubre y vuelta a Riga. ¡La fe mueve montañas!
Lágrimas en la comunión
Estaba llena la Iglesia, lo mismo ocurrió en la comunión. Junto a otro compañero me puse en el pasillo central. Venía una señora con una pequeña en brazos, la pequeña lloraba, gritaba y se retorcía.
Cuando llegó a recibir la comunión le dije a la pequeña: ¿Qué te pasa mi’jita? Los ojitos parecían una cucharita con agua a desbordar. Me miró a los ojos. Le acaricié la mejilla y se calló, se quedó tranquila. Le día la comunión a la mamá.
Samuel
Nació en Mongolia hace cuatro años pero es español del todo. Sus papás así lo han querido. Vino a Fátima era el peregrino más joven. La abuela mayor tenía 82 años, y entre los cuatro de Samuel y los 82 de Pilar pongan 88 personas más.
Tuve un rato para celebrar el Perdón con los niños, nueve en total. Samuel dijo que él se quería confesar también. Vino como los demás y me dijo las cosas que había hecho mal ¡Qué maravilla! ¡Que claridad tiene este Samuel para distinguir el mal del bien! Me hizo pensar, porque según vamos siendo mayores nos dejamos ir de la rutina y llega un momento en que nos da igual ajos que melones.
La inocencia consiste en tener total claridad entre el bien y el mal, como Jesús.
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