
El comedor de un restaurante es un buen observatorio de la condición humana. Os contaré.
Por una parte, hay gente de muchos sitios diferentes: ingleses, franceses, españoles de Andalucía, de Cataluña, de Cantabria, manchegos,…
Por otra, los grupos también eran diferentes. La mayoría parejas de varias edades, dos solitarios, varias mesas de grupos.
Una pareja joven de ingleses no paraba de reír. La muchacha a carcajada limpia llenaba el comedor, el muchacho más serio le decía cosas al oído y ella venga reír. Otra pareja joven de franceses, estaban en el mesa contigua, hablaban poco y muy bajito y de cuando en vez se sonreían. Una pareja más de españoles jóvenes, estaban al frente, se besaban continuamente con un desparpajo impresionante. El muchacho se comió un entrecot de ternera que llenaba el plato. Así que entre besos y entrecot no tuvieron mucho tiempo para hablar.
Os diré que el amor de parejas, me parece a mí, se compone de las risas de los ingleses, de la intimidad de los franceses y de los besos y el entrecot de los españoles.
Uno de los solitarios era yo. Soy célibe. O sea, he dado mi palabra públicamente que mi familia son todos, sin distinción, que la renuncia a la familia particular es en favor del Reino de Jesús y para aceptar el ministerio sacerdotal al que el Señor me ha llamado. Y soy un cura célibe feliz.
Pero recordaba la amistad con las muchachas y de una en particular de quien estuve enamorado del todo. Cogernos de la mano, pasear, hablar y acariciarnos,… Una experiencia profunda y muy hermosa.
Con todo, los solteros y célibes somos necesarios en el mundo. Hay que vivir los papeles para que unos se entiendan con otros, para que unos y otros compongan el tapiz completo del amor.
1 comentario:
Qué bello lo que dices. Ayuda a discernir, a orar. Y a vivir feliz.
Un aspirante.
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