
1. San Salvador de Villeña
Una de mis aficiones preferidas es caminar. Si puede ser por sendas de montaña, mejor. Aunque no deseo ni descubrir ni conquistar ninguna cima.
El primer día que salí de paseo fue al monasterio de san Salvador de Villeña. No lo busquéis en los mapas porque no queda ni una piedra de él. Sí el nombre y la ubicación en una finca privada.
Pero lo que me llamó para irme por ahí fueron las tremendas rampas que divisaba en el camino sombreado. Recordaba las rampas de subida al Ávila en Caracas, algo parecido.
Llegué a un collado precioso con banco, un tronco, al panorama. Seguí bajando y llegué a una fuente bebedero. Junto al caño un bote de fabada con un asa artesanal de alambre (qué maravilla de quien hace las cosas bien sin saber para quien). No seguí adelante porque el camino se perdía.
Regresé despacio, hora y media caminando. Además, la bajada es más pesada. Había tramos en los que camino y arroyo iban juntos y todo estaba embarrado. Había que retener el empuje de la bajada y a la vez, había que andar con cuidado para no resbalar.
Me acompañó un enjambre de moscas.
2. Pembes

El segundo día fui hacia una aldea cercana. El camino me fue más grato, claro que recordaba la regla de la abuela de Mafalda: Primero la sopa y luego el postre.
Desde algún rellano descubrí la cumbre del Jano. Y más allá las sierras de los Álives, resguardando la aldea. La bajada al pueblo fue ya entre huertos y pastizales: vacas sosegadas en la tarde haciendo soñar la esquila.
Algunos frutos me ofreció el camino: zarzamoras dulces con un puntito amargo; un melocotón pequeño y sabroso que me robé de una rama que estaba sobre el camino y una manzana de una rama que estaba más allá del camino.
El enjambre de moscas fue la compañía inseparable. Por supuesto no te dejan contemplar nada. Son unas pestosas, decía mi madre. Si paraba de espantarlas se metían entre los cristales de las gafas y los ojos, por los huecos de las orejas, se posaban con una frescura tremenda en las manos. En fin.
Ahora bien las moscas tienen un tanto a su favor: te hacen mover las manos continuamente y así, facilitan un ejercicio físico buenísimo. Creo que las vacas y los caballos hubieran desaparecido de la faz de la tierra a no ser por sus colas que continuamente espantan moscas.
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