
Él tiene como cincuenta años. Rubio. Calvo. Con un copete al estilo Tintín. Lleva una camiseta beige a rayas y pantalones a juego, sandalias de cuero. Tiene gafas de profesor de bachillerato. Ella tiene unas caderas redondas, preciosas. Camisa roja y pantalón vaquero. Un pelo largo, fuerte, negro-mora’o espléndido.
Ella hurga con sus dedos en la oreja izquierda de él como si fuera grave y urgente, con todo detalle. Pareciera uno de esos impulsos que a veces tienen las mujeres, de querer desarraigar los poros negros que salen en la oreja. Todo termina con signos de victoria. Él acerca sus labios a los de ella y apenas los roza. Un beso suave de niños.
Luego se miran con calma, con densidad. Así los dejé porque llegó mi estación y bajé. Luego me arrepentí porque estuve a punto de conocer la eternidad de una mirada.
----------
Trayecto Sol – Pacífico. Entra una mamá con su niña, de cuatro o cinco años. La mamá lleva la mochila de colores medio inflada de nubes.
La niña le cuenta lo que ha pasado la mañana entre jirafas, colores y carreras de coches. En un momento determinado la niña se abraza a la madre y veo que la madre se agacha y se pone a su nivel. La niña le empieza a dar besos en una mejilla, conté hasta veinte. La mamá le dice: Deja para luego que se van a acabar. La niña dice: Los besos no se acaban. Y la mamá pone la otra mejilla. Allí fueron ocho besos más.
Por cierto, ayer Rodrigo no se cansaba de dar a besos a su mamá que está esperando un nuevo hijo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario