domingo, 16 de agosto de 2009

110. NTRA. SRA DEL PRADO



La basílica es espaciosa, bien proporcionada y alta. Los revestimientos de mármol la hacen distinguida. Pero es la penumbra la que transmite una sensación de serenidad y frescor que seguramente captan muchos de los que van a rezar a la Virgen.

Por otro lado y es lo más notable, la colección de cerámica talaverana del s. XVI y XVII es magnífica y única. De nuevo los artistas han querido dejar sus obras a la sombra de Dios.

Os cuento todo esto para que me veáis en ese ambiente. Casi todos los meses voy allí a confesar. Me espera D. Antonio. Tiene 86 años y en la Iglesia de Toledo ha trabajado en la curia arzobispal. Tiene una memoria excelente y tiene un corazón a punto, como un reloj. Lo más hermoso de la confesión me lo va descubriendo poco a poco. En más de una ocasión no me ha dejado terminar la lista de pecados y me ha repetido con fuerza: ¡Dios es tu Padre y te ama!

Creo con certeza en la gracia de Dios que interviene en nuestras vidas por los sacramentos desde nuestra libertad despierta.

Se trata de que acepto que otro, el Otro, intervenga en mi vida. Se trata de que mi vida no está cerrada en mí sino que tengo la posibilidad de abrirla. Y al entregar mi pobre intimidad resulta transformada, ella misma, en amor bueno, en fortaleza, en ánimos, en libertad. Podría decir que la confesión es el camino desde la libertad herida a la libertad esperanzada.

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