lunes, 20 de julio de 2009

107. HONORIO



Ha cumplido 23 años y el domingo 12 escuchó la voz del Señor que decía su nombre: HONORIO BRAVO MORA. Él respondió AQUÍ ESTOY. A partir de ahí Jesucristo tomó el timón de la barca y sólo mediante una historia de amistad, de compañeros, de colaboración, de amor que se entrega, el amigo Honorio encontrará el camino de su vida.

El obispo dijo: ELEGIMOS A ESTOS JÓVENES QUE PRESENTA LA IGLESIA PARA SER SACERDOTES.

Fueron quince jóvenes que el Señor llamó para ser sacerdotes y siete más que fueron elegidos para ser diáconos. ¡Una maravilla!

Como hago siempre que voy a las celebraciones de la catedral, entro sin reloj. Entro a disfrutar zambulléndome en las músicas, el órgano plural, los movimientos de los grupos numerosos, el color, los gestos personales en medio de las ceremonias comunales, la participación con la mente y con el corazón. Con la voz y el cántico, con las actitudes y la oración constante. Me siento realmente feliz en este papel anónimo y, sin embargo, personal. Allí en medio de los demás sacerdotes a quienes, en su mayoría, no conozco y con quienes seguramente estoy de acuerdo en muy pocas cosas. Feliz de ser garbanzo, y nada más, de un buen plato de liturgia catedralicia.

Pues bien, estuve sentado frente al crucero en la nave exterior derecha mirando a la girola. Arriba, frente a mí las hermosísimas vidrieras, por cierto las más antiguas de la catedral, del siglo XIII. Cuatro ventanales tenía esta vidriera, la más exterior del crucero en la dirección antedicha, coronadas con tres círculos-estrellas. Altas sobre el triforio era difícil descubrir las figuras que representaban: veía alguna palma de martirio, alguna corona y cetro,… Pero las definiciones no interesan en una vidriera. Sí se aprecian con nitidez los colores porque esa luz colorida es la que nos llega y nos trae el mensaje.

En el primer ventanal de la izquierda: Agua marina, celeste, bermellón y amarillo-ocre, morado. La siguiente: verde hierba y agua marina, azul celeste y azul marino, orlas doradas. La tercera: granate, azul añil y celeste, gris niebla. La última, mancha alargada ajedrezada en rojo y amarillo, ocre y celeste, morado.

D. Braulio, el obispo cantaba en la consagración de los muchachos: ENVÍA, SEÑOR TU ESPÍRITU… Y yo veía como el Espíritu de Señor cargado de los colores impensables del Misterio, recreaba la luz y el alma, la carne y los sentidos, los sueños y las emociones, la Iglesia. ¡Qué sinfonía de dones! ¡Que mesa interminable de frutales colores!

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