martes, 25 de septiembre de 2007

AZUL PATINIR


Os sigo comentando mi visita a la exposición sobre Patinir y sus paisajes.

Pero además de ser un paisaje total es un paisaje hermosísimo. Por una parte, por la técnica que emplea: he contado hasta cinco planos diferentes dentro del mismo cuadro que, además, se entremezclan; las líneas de la perspectiva en zigzag; el paisaje visto desde arriba (un punto imaginario del pintor, ¡qué imaginación! porque en ese tiempo no podía meterse en un helicóptero para construir un punto de mira) y los personajes y edificios de frente, manteniendo cierto hieratismo de la pintura contemplativa religiosa.

Y por otra parte, la belleza. Patinir pinta una y otra vea lo que conoce: los roquedales, ríos y foresta de su tierra natal Dinant (Bélgica). Sus ojos tenían las huellas de los árboles y las piedras y, sobre todo, del azul de su tierra.

¡Qué maravilla! Tan grande fue su enamoramiento del azul, que una gama del azul, se llama AZUL PATINIR. Nos enseñó a pintar con detalle todo: hierbas, ropa, lágrimas, nubes, prados, espadas, arrugas, chispas, candados y mimbres. Supo cambiar el verde en azul y el azul en blanco. Supo transmitir la profundidad del lago con un azul profundo casi tenebroso y las últimas hojas de aquel chopo del horizonte que son verdeazuladas. Supo, así me lo parece, pintar cada hoja de ese árbol frondoso que está en mitad del paisaje.
Por último, el Patinir azul que he contemplado sabe pintar todo de tal modo que nos lleva la mirada al más allá. Todo se vuelve azul en la lejanía un azul tenue, delicado, transparente. Es como un retrato del rostro azul de Dios.

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