Yo siento alegría de vivir, aquí me tenéis.
He pasado por momentos malos, fracaso personal y profesional, enfermedad
larga y sin luz, soledad y falta de cariño, traiciones, pecado. Vivo en un mundo
de guerras, de este egoísmo atroz del primer mundo que siempre sin desviarse, mira
para sí mismo. Vivo en un mundo de guerras, de niños que mueren de jóvenes que
mueren y no llegan a mordisquear la vida. Todo los días busco las noticias por
la mañana y me duelen muchas cosas que pasan, sobre todo las mentiras,
el negocio de la falsedad de este mundo.
Sé donde estoy. Y os cuento que he hecho un camino lento, dificultoso y vacilante.
Pero hay un motivo que me trastoca, que me conmueve. Aquí estoy para hacer el
bien. Cada día. En medio de las actividades a veces agobiantes me pregunto, ¿qué
hago aquí? Y la respuesta que me ilumina: aquí estoy para hacer el bien. Y
apelo a la Madre Teresa de Calcuta: Haz el bien, siempre que puedas, todo lo
que puedas, en todo lugar, a cualquier persona, en la medida de lo que puedas.
Sé donde estoy y a veces se me ha caído lo poco y pobre que había
construido, pero nunca he dejado de creer y gozarme en que soy hijo de Dios y
nada ni nadie puede arrancar de mi vida esa realidad profunda y radical. Estoy
a salvo de cualquier cosa o persona que desee hacerme daño. Soy hijo de Dios.
Pero esa certeza se hace diaria en Jesús, ¡tremendo compañero de camino! Ser
sacerdote me vincula de un modo especial a las intenciones, proyectos y
criterios de Jesús el Buen Pastor. No recuerdo un día que no haya hablado con Jesús
de mis cosas o de sus cosas.
Y todo esto me ha dado unas ganas de de vivir que no se rompen por nada,
pase lo que pase, a mí me gusta la vida. Es el único don que hemos recibido y
no tengo duda que lo hemos recibido del Dios bueno, creador y creativo. Por eso
me siento gozoso y fecundo en medio del dolor.

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