Estimado Sr. Garzón
Entre las muchas letras
que estos días le habrán llegado y más aún se han publicado en periódicos y
revistas, ahí van estas mías.
También para condolerme con las familias, amigos y compañeros de todos los fallecidos y heridos.
Estas palabras mías para usted no son palabras de fiscal ni de abogado defensor.
Hoy he leído en un periódico que el juez le ha dejado en libertad con cargos
por homicidio a causa de imprudencia profesional en 79 casos de muerte y de
un buen número de heridos.
Le escribo porque me
conmovieron unas palabras suyas dichas por el móvil a la torre de control de la
estación momentos después del accidente:
-
¡Somos humanos! ¡Somos humanos! ... ¿Ha habido algún
muerto? ... Si ha habido caerá sobre mi conciencia.
Y sí somos humanos porque
nos equivocamos, y no somos perfectos. Somos humanos porque no somos máquinas (que
tampoco son perfectas) ni animales que se teledirigen por el instinto. Somos
humanos porque tenemos varias alternativas a la vez por mucho que hayamos de concentrarnos
fijamente en una de ellas.
Y resulta que a mi me
pasa también. Hasta este momento de mi vida no he puesto en peligro ni la vida
ni la dignidad de ningún otro ser humano, ¡Dios sabe por qué! Pero si he
cometido torpezas y equivocaciones que sin ser graves son tantas, innumerables,
que me producen la sensación muchos días de andar en el camino equivocado.
Mire usted, soy sacerdote.
Cura de pueblo. Cuando el obispo me manda a un pueblo, a una parroquia rural, sé
que me toca abrazar la cruz que vaya llegando. Muchas veces en las parroquias
toca abrazar los errores y equivocaciones, a veces graves de los compañeros
sacerdotes anteriores para reparar, en lo posible, en la propia carne esos
daños.
Pero también de muchas
personas que se acercan a la Iglesia confiar y desahogar sus conflictos, sus
penas, también sus equivocaciones que aparentemente no tienen solución ninguna.
A veces me ha parecido
que no podía más con aquellas cruces. Cansado, muy cansado de caminar hostigado
y cargado con muchas historias.
Pero, sabe usted, no
estoy solo para abrazar la cruz. Jesucristo carga con el mayor peso y en lo que
puedo ayudo como un frágil cireneo que se cansa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario