martes, 20 de septiembre de 2011

208. CARTA DE DESPEDIDA



Querida abuela Nancy:

En la mañana que me despedí de ustedes se me soltaron las lágrimas por dentro cuando tu las derramabas abundantes.

Lo siento. Por personas como tu que tienen una dura misión en la vida me hubiera quedado, pero como sé que mi Redentor vive, sé que ese mismo Redentor, también tuyo, te salvará de los lazos de la muerte y de todo peligro. Sé que Él mismo te dará fortaleza y ánimo y que verás coronada tu carrera con la luz del bien y de la paz.

Allí te has quedado con esas muñecas hinchadas, casi más grandes que las manos pequeñas y laboriosas. Allí te has quedado con tantos dolores en las rodillas y caderas que casi no puedes moverte. Allí te has quedado con la tarea de cada día: cocina, lavadora, fregadero, limpieza, compra semanal,...

Tú, madre, abuela y bisabuela atiendes a un hombre adulto que os da casa y a un preadolescente grandote, tu nieto, que todavía no sabe orientarse en la vida. Atiendes a tu nieta y a su hijita, preciosa y llena de vida. Tu nieta que apenas ha cumplido diecinueve años y convive con un buen muchacho trabajador. La familia del padre le ha dado cobijo en su propia casa, sellada, también, por la enfermedad y las dificultades. Es la gente buena y pobre que construye el mundo en el silencio de los cimientos.

El último día que estuve con ustedes me regalaste con una comida especial: empanadas chilenas y pastel de choclo, ¡qué maravilla! ¡Cómo gocé de esos sabores mezclados, salados y dulces, matices de las especias y las frutas! Hiciste como siempre tanta comida que me regalaste para dos o tres días, ¡Muchas gracias! No quedará sin recompensa ese más que vaso de agua, que diste a un compañero sacerdote del Señor.

Ya sabes que estoy con ustedes, que nos volveremos a ver pronto. Mientras tanto recibe mi oración en el Señor.

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