
Hace quince días que no estoy con vosotros. En fin. Y en esta semana he vivido la experiencia positiva y central de acercarme al dolor.
La verdad es que más bien huimos. A mi me pasa, antes más que ahora. Sin embargo, día a día voy descubriendo que ése es un lugar seguro y a la intemperie. Varias personas están a mi lado sufriendo.
La abuela que en la residencia de mayores se ha quedado sin ver ni oír. Y da voces, llamándome, porque algo percibe. Se queja pero no se desespera. Me coge las manos y las lee despacio.
La madre viuda que ve que sus hijos ya no volverán a casa y me cuenta que le teme a la depresión.
El niño que ha tenido un accidente con la bici y tiene que estar inmovilizado quince días en el hospital.
El cura joven que anda con tratamiento psiquiátrico.
Si te acercas en silencio y con cariño, con paz y dispuesto a ayudar, si lo necesitan, nadie te echa del dolor.
Cada uno tenemos una medicina que cura el dolor: el amor que se reviste de paciencia y empatía.
Veréis. Hace tiempo cuando regresaba de visitar enfermos volvía muy cansado. Me había sentido interrogado por el dolor y me había ubicado al mismo nivel de la persona dolorida. Hoy vuelvo del enfermo de otra manera. Se trata de acercarte sin más, sin llevar nada y llevando todo contigo. Siempre puedes dar un abrazo, hacer brotar una sonrisa y comunicar tus experiencias, si ha lugar. Y, desde luego, siempre recibes lecciones de vida, de sentido, de humildad, de quien sufre.
Creo que eso es la diferencia entre la simpatía y la empatía.
Recuerdo al profesor de psicología social que nos decía: Si tú como sacerdote tienes un entierro a las diez de la mañana, a las doce una boda y a las cinco de la tarde la catequesis de niños de primera comunión, y sintonizas con todos, no podrás aguantar por mucho tiempo ese trasiego tan tremendo de sentimientos y emociones.
La verdad es que más bien huimos. A mi me pasa, antes más que ahora. Sin embargo, día a día voy descubriendo que ése es un lugar seguro y a la intemperie. Varias personas están a mi lado sufriendo.
La abuela que en la residencia de mayores se ha quedado sin ver ni oír. Y da voces, llamándome, porque algo percibe. Se queja pero no se desespera. Me coge las manos y las lee despacio.
La madre viuda que ve que sus hijos ya no volverán a casa y me cuenta que le teme a la depresión.
El niño que ha tenido un accidente con la bici y tiene que estar inmovilizado quince días en el hospital.
El cura joven que anda con tratamiento psiquiátrico.
Si te acercas en silencio y con cariño, con paz y dispuesto a ayudar, si lo necesitan, nadie te echa del dolor.
Cada uno tenemos una medicina que cura el dolor: el amor que se reviste de paciencia y empatía.
Veréis. Hace tiempo cuando regresaba de visitar enfermos volvía muy cansado. Me había sentido interrogado por el dolor y me había ubicado al mismo nivel de la persona dolorida. Hoy vuelvo del enfermo de otra manera. Se trata de acercarte sin más, sin llevar nada y llevando todo contigo. Siempre puedes dar un abrazo, hacer brotar una sonrisa y comunicar tus experiencias, si ha lugar. Y, desde luego, siempre recibes lecciones de vida, de sentido, de humildad, de quien sufre.
Creo que eso es la diferencia entre la simpatía y la empatía.
Recuerdo al profesor de psicología social que nos decía: Si tú como sacerdote tienes un entierro a las diez de la mañana, a las doce una boda y a las cinco de la tarde la catequesis de niños de primera comunión, y sintonizas con todos, no podrás aguantar por mucho tiempo ese trasiego tan tremendo de sentimientos y emociones.
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