domingo, 25 de julio de 2010

155. EL DOLOR


Hace quince días que no estoy con vosotros. En fin. Y en esta semana he vivido la experiencia positiva y central de acercarme al dolor.

La verdad es que más bien huimos. A mi me pasa, antes más que ahora. Sin embargo, día a día voy descubriendo que ése es un lugar seguro y a la intemperie. Varias personas están a mi lado sufriendo.

La abuela que en la residencia de mayores se ha quedado sin ver ni oír. Y da voces, llamándome, porque algo percibe. Se queja pero no se desespera. Me coge las manos y las lee despacio.

La madre viuda que ve que sus hijos ya no volverán a casa y me cuenta que le teme a la depresión.

El niño que ha tenido un accidente con la bici y tiene que estar inmovilizado quince días en el hospital.

El cura joven que anda con tratamiento psiquiátrico.

Si te acercas en silencio y con cariño, con paz y dispuesto a ayudar, si lo necesitan, nadie te echa del dolor.

Cada uno tenemos una medicina que cura el dolor: el amor que se reviste de paciencia y empatía.

Veréis. Hace tiempo cuando regresaba de visitar enfermos volvía muy cansado. Me había sentido interrogado por el dolor y me había ubicado al mismo nivel de la persona dolorida. Hoy vuelvo del enfermo de otra manera. Se trata de acercarte sin más, sin llevar nada y llevando todo contigo. Siempre puedes dar un abrazo, hacer brotar una sonrisa y comunicar tus experiencias, si ha lugar. Y, desde luego, siempre recibes lecciones de vida, de sentido, de humildad, de quien sufre.

Creo que eso es la diferencia entre la simpatía y la empatía.

Recuerdo al profesor de psicología social que nos decía: Si tú como sacerdote tienes un entierro a las diez de la mañana, a las doce una boda y a las cinco de la tarde la catequesis de niños de primera comunión, y sintonizas con todos, no podrás aguantar por mucho tiempo ese trasiego tan tremendo de sentimientos y emociones.

No hay comentarios: