
Busco un reloj
y un pequeño baila.
Se acerca a los estantes
y les dice cosas a los maniquíes,
pálidos de riguroso negro.
Se aleja y les saca la lengua.
Busco el número digital.
Dos mimos a certera distancia,
uno pescador sin hilo,
otro pensador de chapa,
ofrecen su alcancía,
vacía,
a los figurantes que pasan.
Busco la cifra.
Una mamá y sus niños,
americanos del trópico,
se retratan ante el papá regordete
bajo los jamones del escaparate.
Busco la hora.
Una señora mayor,
arrebujada en colores pastel
pide limosna
en la verja de san Ginés.
Busco el momento.
Más allá, una muchacha
aprieta su rodilla izquierda,
embutida en negro,
contra la entrepierna
del cajero automático.
Busco el minuto exacto.
Dos grúas vigilan el teatro real
entre telones de frío y ceniza.
Huele a café bien tostado.
Sabe caliente, sabe amargo.
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