
Muchos días la vida del sacerdote se queda enganchada en historias doloridas. La poesía, el arte, la música, la fotografía, el afecto,… tienen un suelo bien abonado: el dolor.
Hace unas semanas me llamaron para un entierro en otro pueblo. Cuando un sacerdote sale unos días de descanso nos sustituimos sin más, como buenos compañeros.
Después de la misa entró el hijo mayor de aquel señor, murió con 83 años. Me contó que su padre se había divorciado de su madre con quien había tenido siete hijos hacía 30 años. Luego se volvió a casar y luego se separó. Al final convivió con otra señora a quienes ellos no conocían. Me contaba que ninguno sabía de la vida de su padre. Que sus hermanos, los siete hijos, se reunieron en el entierro después de quince años, casi no se conocían. Que algunos nietos no conocieron al abuelo.
Hace unos días vine caminando de la iglesia a la casa despacio. Estuve acompañando a una señora que sufre fibromialgia y muchas más dolencias. Varias veces he hablado con ella. Siempre la conversación consiste en escuchar el relato, largo y detallado de una vida dolorosa, con mucho dolor desde pequeña. Una y otra vez, ella trae al día de hoy sus dolores, quebrantos, culpas, rechazos y daños que ha recibido. Como otras veces le dije que dejara dormir tantos recuerdos dolorosos que no los trajera de nuevo al presente. Al final le pregunté: ¿te gusta sufrir?
En esta vida de sacerdote muchas veces he podido comprobar que la incomunicación, el aislamiento, la soberbia y la vanidad producen mucho dolor en el mundo.
1 comentario:
Que bonito que haya personas que tengan tiempo y disponibilidad para escuchar y acompañar el dolor de tanta gente. Jesus lo hacia muy bien, escuchaba a todo el que llegaba y luego lo curaba, quizas eso no lo pudes hacer tu pero si creo que internamente la persona que escuchas queda curada de muchas heridas internas que muchas veces cuasan mas dolor que las externa. Sigue escuchando.
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