
He vuelto después de treinta y tres años. ¡Qué maravilla! En nuestro pequeño tiempo podemos gozar, incluso, de ser conscientes de los ciclos que vivimos.
Habíamos estado de campamento en Gredos con los muchachos de las parroquias: JUCAIBA’73. En un SEAT 127 entramos cinco: Los dos párrocos, el matrimonio y yo, que era diácono. A principios de septiembre recibía el Orden Sacerdotal y José Antonio, mi párroco de Salamanca, decidió tirar la casa por la ventana. José Manuel, el joven médico que acababa de casarse, conocía a un monje de Oseira, amigo suyo y aquí vinimos. Me quedé asombrado de las proporciones del monasterio y de su estilo. Aquí celebramos solemnemente Santiago Apóstol y actué de diácono con dalmática roja cantando el evangelio y todo (en aquella época iconoclasta estas cosas casi no se podían contar).
Aquel monje nos hizo visitar el monasterio por todas sus estancias.
Claustro donde vivían, refectorio, solario, calefactario,… todo en ruinas en aquel tiempo.
Lo que me llamó la atención fue ver a los monjes colocando las losas de granito de la Iglesia, precioso clima cisterciense. La luz de la girola, el arco fajado y apenas apuntado… Todo eso no se me olvidó. Después aquel grupo del 127 marchamos a La Ramallosa a pasar dos o tres días más.
Habíamos estado de campamento en Gredos con los muchachos de las parroquias: JUCAIBA’73. En un SEAT 127 entramos cinco: Los dos párrocos, el matrimonio y yo, que era diácono. A principios de septiembre recibía el Orden Sacerdotal y José Antonio, mi párroco de Salamanca, decidió tirar la casa por la ventana. José Manuel, el joven médico que acababa de casarse, conocía a un monje de Oseira, amigo suyo y aquí vinimos. Me quedé asombrado de las proporciones del monasterio y de su estilo. Aquí celebramos solemnemente Santiago Apóstol y actué de diácono con dalmática roja cantando el evangelio y todo (en aquella época iconoclasta estas cosas casi no se podían contar).
Aquel monje nos hizo visitar el monasterio por todas sus estancias.
Claustro donde vivían, refectorio, solario, calefactario,… todo en ruinas en aquel tiempo.
Lo que me llamó la atención fue ver a los monjes colocando las losas de granito de la Iglesia, precioso clima cisterciense. La luz de la girola, el arco fajado y apenas apuntado… Todo eso no se me olvidó. Después aquel grupo del 127 marchamos a La Ramallosa a pasar dos o tres días más.
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