No es fácil que un grupo de adolescentes participe en la misa del domingo de la parroquia. Pero ahí estaban.
Cuando se sentaron para escuchar las lecturas se armó un poco jaleo y algunos cristianos viejos les chistaron con aires de superioridad. En fin.
Les dije en la homilía que ellos tienen su puesto en la parroquia y que eso significa recibir la confirmación.
Yo sé que ahora están divididos entre las motos y la piscina veraniega. Pero una cosa no quita la otra. Quien se queda en las apariencias no llega a saber qué está pasando verdaderamente entre las gentes y el mundo.
Ahí donde los ven mis gentes mayores, esos muchachos y muchachas rezan y se preocupan y adentro de su corazón saben que Dios es bueno. Alguno me lo ha dicho por escrito.
En las ofrendas vinieron dos muchachos y una muchacha. Uno traía las vinajeras, la joven traía la patena y el otro muchacho no traía nada. Le pregunté que ofrecía y me dijo: El chorizo. Me quedé fuera de juego y le pregunté: ¿Cómo? Y él con la ironía y el buen humor de los adolescentes me dijo: Sí, José Ramón, traemos: pan, vino y chorizo.
Cuando les fui a dar la paz todos me dieron un buen apretón de manos. No había ni manos fofas, ni apretones de compromiso.
domingo, 8 de julio de 2007
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