Viví ocho años en Venezuela, en Caracas y viajando. Recuerdo que muchos días cuando ponía los pies en el suelo me sentía tan contento, tan feliz, por estar ahí mismo, que me ponía a cantar. Sería el clima amable, la gente cercana y ayudadora. No sé. Bueno, sí sé que el Señor Jesús me había mandado a aquel trabajo y a aquel país y estaba disfrutando de todo ello.
En medio de las actividades, caí enfermo por no cuidarme y trabajar en exceso. Tenía un refugio. La casa de esta familia era para mí como la Betania del evangelio. La hija mayor tomó la comunión aquel año. Luego fue el muchacho y luego la pequeña.
Era y es mi familia venezolana. Hoy en día la mayor está casada y fuera del país. El muchacho, es religioso joven, convencido y feliz. La pequeña acaba de terminar magisterio. La situación es tan difícil para esta familia que sus padres han decidido vender la casa, el coche, despedirse de la familia y de todos y marchar a otro país. Estos días estoy unido a ellos y un poco triste porque no estoy más cerca.
Lo comparto con vosotros. ¡Cuántas gentes en nuestro mundo tienen que marchar de su casa! Desde aquí denuncio esta situación injusta. Pero no quiero hacer daño a mi querida familia venezolana. Quiero que sepan que en este mundo hay lugares de paz, de convivencia sana, de respeto, de gozo de vivir. Para ellos y para todos los que sufren fuera de sus tierras un abrazo.
domingo, 3 de junio de 2007
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1 comentario:
Jose Ramon: Ciertamente la distancia nos crea una sensación de impotencia muy grande, de no poder acercarnos a ellos, de no poder tenderles la mano. Pero al mismo tiempo, tengo un gran convencimiento y esperanza por nuestra fe en Jesus de Nazaret, que las personas que comparten, que tienes sus brazos abiertos a los otros, tienen y tendrán recompensa. Tu primo Ricardo
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