viernes, 27 de abril de 2007

LA TOS DE CASIMIRA

Es una tos seca, un golpe o dos. No la suelta descontrolada para dar la lata a los asistentes. Es una tos de arriba del pecho. Asma. Catarros de por vida…

Su casa está a cuatro o cinco cuadras de la Iglesia. Viene todos los días en este mes de mayo. En invierno no puede venir. La humedad y el frío la tienen en un ahogo. También los calores del verano.

Es fuerte y voluntariosa, terca. Es generosa y agradecida. No tuvo infancia. La escuela no era para ella como no lo era para la mayoría de su generación. Había que trabajar en el campo y cuando iba siendo mocita, a servir. ¿Cuántos años, en verano y en invierno, se pasó fregando suelos, lavando y limpiando?

Hoy me ha dicho: ¿Verdad que he tosido menos? La misa y la predicación se interrumpen con sus toses. Bueno, no es así. Más bien están adornadas por sus golpes de tos.

Recuerdo que en Caracas había dos hermanas que, entre el yis que habían de agarrar cerca de su casa y el bus de la redoma, tardaban cerca de dos horas en llegar a la misa del domingo. Casimira, con su tos es de esta misma veta de creyentes que se sacrifican conscientemente porque no quieren perder la misa, la comunión, el consuelo del Señor Jesús y el cariño de su cura.

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