
Me avisó un compañero sacerdote para llevar la Comunión a un señor que estaba en la residencia de El Casar de Talavera.
Me acerqué el otro día y me encontré con una gran persona.
Vitorino estaba vestido, echado en la cama de medio lado con el transistor pegado a la oreja. Cuando lo saludé se levantó. Es un hombre alto, 1,80, tiene 80 años y vestía sobrio y limpio, cuidados su pelo, sus manos. Hablaba despacio y grave. Es un hombre de campo de un pueblo cerca de aquí. Como los hombres de esta tierra tiene afectos esenciales. Encima de la cama una medalla, nada más, de Ntra. Sra. de Bienvenida, patrona de su pueblo, Puente del Arzobispo.
Le pregunto cómo se encuentra y brevemente me cuenta que tiene cáncer de hígado. Que tiene molestias y que en los últimos días ha perdido mucho peso.
Me cuenta que cuando le diagnosticaron el cáncer los médicos le propusieron operar el cáncer. Él me cuenta que esa enfermedad la tuvieron ya dos hermanos que murieron y que sufrieron mucho al pasar por la cirugía. Él se negó, quiso estar en su casa y aceptar la muerte y no perder tiempo y dinero.
Me sorprende la claridad, la brevedad y la elegancia de su comunicación sobre su propia enfermedad y su muerte próxima. Le digo que es un hombre de una pieza y se emociona.
Me cuenta que tiene siete hijos. Tres viven en Mallorca y uno más en Ibiza, las islas. Dos más en Talavera y otro más en Oropesa. Cada tarde vienen a verle. Él vivía solo en el pueblo porque su esposa está en una residencia para mayores en Lagartera.
Al despedirme le digo que volveré la próxima semana y me dice: No sé si estaré ya aquí.
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