
El sábado, 29 de diciembre, celebramos la marcha misionera que hacemos todos los años. Nos juntamos de los pueblos del arciprestazgo y caminamos unas horas en una de las mañanas frías de navidad.
Este año salimos de CORCHUELA, una aldea en la que casi, casi, no vive nadie. Maximiliano, más de setenta años, tiene la llave de la iglesia. Una joya. Tres retablos barrocos, que están nuevos, porque en la guerra civil aquí no entró nadie. Una maravilla.
Este año salimos de CORCHUELA, una aldea en la que casi, casi, no vive nadie. Maximiliano, más de setenta años, tiene la llave de la iglesia. Una joya. Tres retablos barrocos, que están nuevos, porque en la guerra civil aquí no entró nadie. Una maravilla.
La devoción del pueblo, y de los pueblos de alrededor, es al Cristo de la Humildad. Una devoción curiosa. Representa a Cristo sentado, pensativo, después de bajado de la cruz o en la resurrección, tiene las marcas de las llagas, y es una talla muy pequeña, apenas treinta centímetros en una urna que sostienen dos angelotes.
Después, la marcha agradable por aquellas dehesas y luego por el llano. Día de niebla suave que se alivia pasado el mediodía.
Gocé mucho con la gente. Sacar el chorizo y la navaja y tire lo que usted quiera. Luego la bota, bueno las botas. Pruebe éste que es valenciano, y este otro es de pitarra de uno de mi pueblo, y este otro de una bodega un poquito emboca’o,… En fin, un gustazo. No puedo dejar de subrayar las tortas de chicharrón que supieron compartir las velaínas.
Pensaba y gozaba, ¡Que bueno que la Iglesia, nuestras pequeñas comunidades puedan reunir, una mañana de diciembre, a 120 personas para caminar un par de horas y comer un bocadillo con un chocolate que nos prepararon las gentes de Torralba de Oropesa y rezar y aportar un donativo para los curitas que andan por Perú en Turín y Moyabamba.
El año que viene será también en sábado a petición de los asistentes. El 27 de diciembre.
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