
Fui a Madrid. En el metro me llamó la atención un muchacho joven asiático, medio dormido. Parecía que desde la cama le habían puesto, de un golpe, en el asiento de aquel vagón, sin mediaciones.
Se me vinieron, en cascada, unas cuantas preguntas: ¿de dónde es? ¿qué hace aquí? ¿cuáles son sus sueños? Y a la vez un nudo de recuerdos, de cuando yo estaba por ahí, quizá en el metro de la ciudad de México.
Pero me vi retratado y cuando me pregunté ¿de dónde somos?, un pan de angustia se me puso a rumiar entre los dientes. Sé que no hay dolor más al fondo ni más persistente que el del desarraigo, porque nunca estás en tierra firme ni de noche ni de día.
A su lado otros muchos jóvenes: negritas del Caribe, rubios de los Balcanes, matronas madrileñas y mucha gente con maletas.
Más allá un niño, también asiático, leía un libro. Un señor con gafas y gorra de visera de pana le miraba por encima del hombro. El libro estaba escrito en chino o japonés,… ¿qué querría saber aquel señor castellano rural? Miraba como a un misterio que no podía descifrar y no le apartaba la miraba.
Somos de donde uno desea estar, pero el olor de nuestras raíces es inconfundible y nunca se borra del corazón.
Se me vinieron, en cascada, unas cuantas preguntas: ¿de dónde es? ¿qué hace aquí? ¿cuáles son sus sueños? Y a la vez un nudo de recuerdos, de cuando yo estaba por ahí, quizá en el metro de la ciudad de México.
Pero me vi retratado y cuando me pregunté ¿de dónde somos?, un pan de angustia se me puso a rumiar entre los dientes. Sé que no hay dolor más al fondo ni más persistente que el del desarraigo, porque nunca estás en tierra firme ni de noche ni de día.
A su lado otros muchos jóvenes: negritas del Caribe, rubios de los Balcanes, matronas madrileñas y mucha gente con maletas.
Más allá un niño, también asiático, leía un libro. Un señor con gafas y gorra de visera de pana le miraba por encima del hombro. El libro estaba escrito en chino o japonés,… ¿qué querría saber aquel señor castellano rural? Miraba como a un misterio que no podía descifrar y no le apartaba la miraba.
Somos de donde uno desea estar, pero el olor de nuestras raíces es inconfundible y nunca se borra del corazón.
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