martes, 30 de septiembre de 2008

69. 80 MONEDAS



Entré en el bar de la gasolinera. Eran las diez y media de la mañana del lunes. Había un señor de mediana edad jugando en la máquina tragaperras. Pedí una tostada con aceite y una cerveza sin alcohol. El señor fumaba. De pronto, el ruido de la catarata de monedas. Casi me hace volver la cabeza. Ese sonido dejó petrificados a los cuatro o cinco clientes que tomábamos café, ¿qué tiene ese sonido que paraliza?

Tengo un amigo adicto a las tragaperras. Hace años me contaba un día sus depresiones y me dio la impresión que estaba ante una persona adicta. Le pasé un test que tienen los alcohólicos anónimos para definir si uno es adicto al alcohol.

Dio que sí, que era adicto, y le propuse ir a un grupo de alcohólicos anónimos. El asunto es que su adicción eran las monedas de las máquinas.

Sé cómo sufren las familias con una persona adicta. Para satisfacer unos impulsos que estas personas enfermas no saben controlar entran en las mentiras más impresionantes. ¡Qué historias las de los adictos!

En la parroquia donde estuve en Venezuela había un grupo de alcohólicos anónimos. Nos hicimos amigos. Un día vinieron a la oficina: Padre, le venimos a invitar para que nos hable porque celebramos la sesión 3.000 del grupo. Fue una de las mayores alegrías de mi vida en Venezuela.

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