domingo, 3 de agosto de 2008

63. CONFESIÓN


Este viernes fui a confesarme. Me había propuesto acercarme al Perdón del buen Dios todos los meses y ya habían pasado dos.

Cuando dije mis pecados al sacerdote, él es muy buena gente, me dijo. ¿Te acuerdas de tu primera misa? Le dije que sí. Me dijo, ¡Cuéntame! Le dije que me acordaba perfectamente que el rector del seminario, Luís, no quiso predicar en mi primera misa y tuve que hacerlo yo mismo, con muchos temores.

Recuerdo el Evangelio: ¿Qué habéis salido a ver? Decía Jesús hablando de Juan Bautista, ¿una caña agitada por el viento? (…) ¿Un hombre elegantemente vestido? (…) ¿Salisteis a ver a un profeta? Sí, y más que profeta (Mt 11, 7-9).

Recuerdo a mi hermana y al primo Ángel llevando las ofrendas y el lavabo. Recuerdo la comunión de mis padres. Recuerdo al cura del pueblo, D. Pedro, que me llevó al seminario. Recuerdo al coro y a Pepe que dirigió el coro.

El padre que me confesaba me dejó seguir y luego me habló: Recuerda: Tu eres sacerdote para siempre. Me animó mucho que ante mis pecados el Señor me pedía memoria continuamente de nuestros orígenes donde Él estaba acompañando y estableciendo la obra que iba a realizar en nosotros y a través de nosotros a lo largo de la vida.

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